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domingo, 17 de marzo de 2013



"EL GOLPE" Graciela MONTES





Es el caso de la historia que vamos a contar aquí… El 24 de marzo de 1976 hubo un golpe de estado.
Un golpe de estado es eso: una trompada a la democracia. Un grupo de personas, que tienen el poder de las armas, ocupan por la fuerza el gobierno de un país. Toman presos a todos: al Presidente, a los diputados, a los senadores, a los gobernadores, a los representantes que el pueblo había elegido con su voto, y ocupan su lugar. Se convierten en dictadores. A los amigos los nombran intendentes, jueces, ministros, secretarios… así todo queda en familia. Se sienten poderosos y gobiernan sin rendirle cuentas a nadie.
Aunque, por supuesto, como no les gusta que los vean como a ogros, siempre explican por qué dieron en golpe. Por lo general dicen que es para “poner orden” en un “país desordenado”. Dicen que hace falta “mano dura” para “poner las cosas en su lugar”. (…) Pero como en realidad no saben, y tampoco tienen costumbre de reflexionar ni pensar demasiado, terminan haciendo estropicios y siempre pero siempre dejan al país mucho peor de cómo estaba.
En la Argentina hubo varios golpes de estado antes del que vamos a contar aquí
¡Cinco golpes en 36 años!
Pero ninguno de esos golpes puede compararse con el que recordamos hoy, aunque la “mala costumbre” de los golpes ayudó mucho a que los golpistas se instalasen con tanta facilidad en el gobierno. Lo de 1976 y lo que sucedió después fue lo peor que nos haya pasado jamás en toda nuestra historia.
El 24 de marzo los argentinos que encendimos la radio nos enteramos de que las emisoras habían suspendido su programación habitual para “entrar en cadena”: eso quería decir que, en lugar de tangos, rock o boleros, íbamos a escuchar marchas militares, partes de guerra y discursos.
Pero no nos imaginamos que iba a ser tan diferente de otros golpes que ya habíamos vivido.
Sin embargo, esta vez iba a ser diferente.
Esta vez las Fuerzas Armadas en su conjunto se habían puesto de acuerdo para cortar de un hachazo el sistema constitucional (…) detrás de un único objetivo –o al menos era eso lo que decían en los discursos- derrotar a la subversión, aniquilar la guerrilla.
Que los golpistas hablaran de “aniquilar” no sorprendía mucho a nadie, porque era una época en la que la gente estaba acostumbrada a la intolerancia.
En esos años los jóvenes se cuestionaban el modo en que estaba organizado el mundo y hacían grandes huelgas y manifestaciones gigantescas de protesta, que muchas veces terminaban en duros enfrentamientos con la policía. En nuestro país se produjo uno muy famoso en 1969: El ordobaza.
Los jóvenes habían tomado conciencia de vivir en un mundo injusto y lo cuestionaban todo: la distribución de la riqueza, el que hubiera ricos muy ricos y pobres muy pobres, el hecho de que algunos países dominaran a otros y los manejarán a su antojo, y , en general, el autoritarismo de los que manejaban el poder, los que se llamaba “el sistema”, el modo en que estaban ordenadas, por la fuerzas, todas las cosas. Había grupos, grandes grupos, que opinaban que había llegado el momento de cambiar. (…)
Los golpistas llamaron “guerrillero” y “subversivo” a todo el que no les pareciese dispuesto a plegarse a ese plan oficial y terrible que se llamó Proceso de Reorganización Nacional. Todos los que por alguna razón les parecían diferentes, parados en otra vereda, disidentes, o críticos sencillamente pasaban a ser “guerrilleros” y “subversivos”, es decir enemigos que debían ser aniquilados.
Para aniquilar a los enemigos y “poner en caja” a toda la sociedad los golpistas tenían un estilo, el del cuartel, y un método, el del terror.
El maldito plan consistió en secuestrar, torturar y asesinar en forma clandestina a más de 30.000 argentinos y extranjeros entre los que había médicos, estudiantes, gremialistas, monjas, sacerdotes, obispos, escritores, políticos, jueces, agricultores, obreros, maestros, conscriptos, científicos, artistas, periodistas, bebés, niños y guerrilleros.
Todo se hacía en forma secreta, por lo general durante la noche y de manera muy violenta.
Los secuestrados eran trasladados luego a centros de tortura, que también eran secretos. Funcionaban en el sector más apartado de un cuartel, en una fábrica abandonada, en el sótano de una comisaría, en los fondos de un hospital, en un viejo casco de estancia, en un chalet apartado… Hasta allí los llevaban y ahí quedaban hundidos. A partir de ese momento esos secuestrados pasaban a ser “desaparecidos”. Nadie daba cuenta de ellos, nadie sabía donde estaban. La familia o los amigos comenzaban a buscarlos desesperadamente.
Hoy todos sabemos lo que sucedía en esos lugares y hasta se ha logrado identificar muy bien dónde estaban ubicados y cómo estaban organizados. La CONADEP, una comisión de notables que se reunió en cuanto el país regresó a la democracia, se ocupó de recoger los testimonios en torno a los desaparecidos y de reunirlos en un libro que todos tendríamos que leer alguna vez, el Nunca más.
Los propios secuestradores hablaban en clave de esos lugares de horror y les ponían terribles nombres de fantasía: El Vesubio, El Olimpo, La Cacha, La Perla, El Atlético, La Escuelita, el Sheraton…
Muchos secuestrados luego liberados o que lograron escapar pudieron contar los horrores que allí se vivían.
La mayor parte de los que soportaron esos tormentos murieron o fueron asesinados. Pero no “aparecieron” jamás. (…) Algunas mujeres que habían sido secuestradas cuando estaban embarazadas tenían sus hijos en esos centros de detención. A veces parían en un pasillo, o en la mesa de torturas, entre las risas y burlas de sus secuestradores, y luego se las obligaba a limpiar el lugar de rodillas.
Por lo general no volvían a ver a sus hijos: los torturadores se los robaban, se quedaban con ellos.
Esas cosas sucedían todos los días mientras la población seguía adelante con su vida. Iba a trabajar, a la cancha, al mercado, los chicos iban al colegio, se hacían películas cómicas y mucha gente iba a verlas, se hablaba de los ovnis, se seguían día a día los teleteatros.
Muchos argentinos preferían mirar para otro lado: “¡Por algo será!” sentenciaban cuando se enteraban del caso de algún desaparecido o veían cómo alguien era introducido con violencia en un auto. Se decían que “eran cosas de subversivos”, es decir, repetían la lección que les habían enseñado los golpistas asesinos, estaban convencidos de que debían desentenderse, de que todo eso no tenía nada que ver con ellos.
Pero el terrorismo de Estado no fue la única “máquina del terror” que aplicaron los golpistas. La otra fue la demolición de la economía. De eso se ocupó el ministro de Videla, José Alfredo Martínez de Hoz.
Cuando un país tiene sus fábricas abiertas, cuando produce y está activo, es natural que haya conflictos. Los empresarios y los obreros discuten por los sueldos, hay huelgas, quejas, intereses contrapuestos. Pero el golpe del 24 de marzo estaba decidido a paralizarlo todo, a dejar a todo el mundo bien quietito y en posición de firmes. Pretendía decretar el fin de los conflictos, con lo que decretaba, además, el fin de la economía.
Al principio a algunos les pareció una especie de fiesta porque Martínez de Hoz se las ingenió para que empezara a fluir el dinero. Para eso “internacionalizó”: pidió dinero prestado al exterior y levantó las barreras de la Aduana. De golpe y porrazo el país se llenó de productos importados: desde un reloj a una licuadora, de un paraguas a un auto, todo venía de afuera, y muchos argentinos se entusiasmaban con la novedad, que les pareció divertida.
En esos primeros años de la dictadura no se podía decir que no hubiese dinero. El dinero circulaba copiosamente y a gran velocidad, pero terminó acumulado en unos pocos bolsillos. Y nunca sirvió para poner en marcha la economía, para crear riqueza, sino, justamente, para aniquilarla.
Poco después se vio que toda esa aparente abundancia no era sino cartón pintado. La plata dulce se esfumó. Vinieron los tiempos duros. Muchos empresarios cerraron sus fábricas porque no podían competir con los artículos importados. Y los argentinos tomamos conciencia, de pronto, de que debíamos tanto pero tanto dinero a los bancos extranjeros que casi ni podíamos decirnos dueños de lo que era nuestro.
Fueron épocas muy tristes. La mayor parte de la gente se encerraba en su casa y trataba de desentenderse de todo. No se reunían con otros, no participaban, no daban opiniones. Entre aterrados y desilusionados, hacían de cuenta que el país no era cuestión de ellos. Estaba prohibido hacer política, además la censura mandaba. No había protestas, ni arengas, ni huelgas. Todo parecía muerto, quieto. Pero muy pronto algo empezó a moverse.
Los primeros en reaccionar fueron los que se animaron a hablar en voz alta del terror secreto, y a exigir que los desaparecidos volvieran a aparecer, y vivos, como se los habían llevado de las casas. En primer lugar, las madres de los secuestrados. Durante todos esos años habían peregrinado de un lado a otro en busca de sus hijos y ahora cambiaban de estrategia, hacían público su reclamo, se mostraban, pedían cuentas, “manifestaban”, algo que parecía olvidado en la Argentina. Jueves a jueves, cubierta la cabeza con un pañuelo blanco, daban vueltas a la pirámide que hay en Plaza de Mayo, para exigir la atención de los asesinos. Simplemente estaban allí, no faltaban nunca, y su presencia era una terrible forma de denuncia.
Fueron muy valientes –reclamar era peligrosísimo en esos tiempos-, pero su valentía fue recompensada ampliamente: no sólo la Argentina sino en el mundo entero los pañuelos blancos de las Madres de Plaza de Mayo terminaron siendo un símbolo, la señal de que, las que estaban debajo de ellos, iban a defender fervorosamente los derechos humanos, esos derechos que todos tenemos por el solo hecho de ser personas y que nadie, ningún golpista, ningún torturador, ningún asesino, tiene derecho a quitarnos. (…)
Seguiremos teniendo problemas, seguramente. Los tenemos. La deuda externa. La pobreza. Los poderosos que no quieren perder poder aunque para eso haya que aplastar a otros. Los violentos que hablan de aniquilar a cualquiera que opine diferente. Los que se miran el ombligo. Los obsecuentes. Los corruptos que sólo piensan en llenarse los bolsillos, los intereses contrapuestos. Todo sigue ahí, pero estamos vivos, y podemos discutir lo que nos pasa cara a cara y en voz alta.












* Extracto del texto publicado por Página/12 en 1996

lunes, 11 de febrero de 2013

Pensando en Educar hoy


Pensando en Educar hoy
por: Coty BERTHE
 

Pensar en educación no se trata de preguntarse qué es objetivamente la educación, ni tampoco de preguntarse por las leyes de progreso en educación. Lo que debería pensarse o preguntarse es acerca de la educación, su historia y su discursividad social y con esto hacer una crítica a la razón de educar.
Debemos aceptar que la educación no tiene una razón única que define su objetividad, debemos analizar críticamente su presencia en las prácticas sociales con la esperanza de encontrar su poder productivo, de la subjetividad social, política, económica y cultural. Esta construcción subjetiva social que se construye y desconstruye permanentemente con los cambios de paradigmas. Donde en la actualidad ya casi no encontramos sujetos, ni familias, ni instituciones que se adaptan a las descripciones tradicionales.
La sociedad reproduce desigualdades, exclusión y desamparo. Y estos se dividen en dos sectores, los sujetos que poseen trabajo, van al médico, tienen una buena cobertura social, viven en un grupo familiar constituido, van a la escuela y responden a las pautas establecidas socialmente  por “normal”.
Después encontramos a otro grupo, totalmente excluidos que se encuentran en parámetros generalmente pobres y de extremada desmoralización.
La experiencia en el Centro Educativo Complementario nº 2 marco un antes y un después en mí, poder ver con otros ojos la realidad en la cual estamos inmersos. Poder conocer a estos chicos hizo que se despertara en mi algo, algo que tenia dormido. Mi conciencia dejar de pensar en un “yo” y empezar a ver a un “nosotros”.
Estos niños se encuentran en un mundo donde nada vale, en la que cuando le preguntas que te gustaría ser de grande no les interesa, viven en un continuo desaliento y con sensaciones de derrota e incertidumbre por el futuro. Poseen una doble vulnerabilidad, por un lado, el hecho de ser “niños/adolescentes” y por otro su “condición social”. Estos niños serán sí no se los ayuda los adultos excluidos del mañana.
Toda persona nace en un espacio familiar que le permitirá ir asimilando, acumulando, construyendo su propio aprendizaje. Se convierte así la familia en la primera responsable de ese proceso llamado  socialización. Pero en estos casos muchas veces los núcleos familiares se encuentras totalmente desmoralizados, desvalorizados por los impuestos de la sociedad. Esto genera que los niños /adolescentes tengan un nivel de expectativas y aspiraciones demasiada bajas, influyendo en su autoimagen y autoestima.
Es aquí donde el rol docente debe hacer hincapié, es decir lograr  producir en estos niños/adolescentes cambios en sus subjetividades, que le permitan mirar de cara al futuro con nuevos desafíos.  
En lo que a respecta a mi como docente, puedo afirmar que  la interacción con estos niños, sus historias de vida produjeron cambios en mi subjetividad. Al mismo tiempo que ayudaron a continuar mi proceso de mi enseñanza/aprendizaje.
Estos contextos no formales hicieron conocer otra formar de dirigir mi practica docente. No tan estructuradas como lo es el jardín o la escuela.
Si bien son ámbitos no formales ahí se educa de otra manera, digamos de manera indirecta, implícita. Donde se ponen en juego sentimientos y emociones, en el cual sin querer terminas involucrándote con sus historias.
Estos niños provocaron  sentimientos de pertenencia hacia la institución, sintiéndome parte de esa comunidad y reconociéndome en cada uno de ellos, sus historias, vivencias, y experiencias de vidas, que a su corta edad son tan vertiginosas y apresuradas.
¿Cómo pueden los educadores provocar en el educando la curiosidad critica necesaria en el acto de conocer, si ellos mismos no confían en sí, no se arriesgan, si ellos mismos se encuentran ligados a la “guía”con que deben transferir a los educandos los contenidos tenidos como “salvadores”? (  )
Coincido completamente con Paulo Freire qué provoca al educador a transgredir las reglas de la educación dominante y a ser participe de la transformación social y cultural.
Haciendo referencia a lo que el autor se pregunta, yo respondería que  lo que provocó en mi transgredir algo de las reglas de la educación dominante y ser participé de una pequeña transformación fueron mis prácticas pedagógicas, que permitieron reflexionar sobre las mismas, descubriendo lo significativa que resultaron ser para mis alumnos. Logrando en ellos una transformación que los convirtió en sujetos activos, participativos, orientados hacia un pensamiento autónomo libre.…
Paulo Freire hace referencia a que toda práctica educativa es una práctica social, donde práctica social es igual a práctica educativa o más bien diría práctica social/educativa, ya que estas dos no tendrían que separarse porque los individuos nos movemos en un ambiente social y cultural en el cual nos involucramos en este ambiente y aprendemos de éste.  Esto es porque somos herederos de una cultura y que desde los comienzos de la humanidad aprendimos por el sólo hecho de ser curiosos.
Yo aprendo de mis pares, de la relación que mantengo con ellos y a su vez ellos aprenden de mí, en  relación dialéctica.
Nosotros aprendemos de una situación, reflexionamos sobre ésta y a su vez actuamos sobre ella para transformarla.
El sentido de mis practicas educativas en el C.E.C. es poder mostrarles a los niños que hay otra realidad en los cuales pueden ser participes de esta construcción social, donde el arte y la literatura son una de las tantas herramientas de explosión cultural, qué se puede salir a la sociedad y mostrar las cosas bellas que son capaces de hacer con un poco de esfuerzo y voluntad. Mostrar al mundo sus capacidades y dejar de ser los marginados de la villa “Los villeritos”, “los negros cabezas” como ellos mismos se autodefinen.
En ese sentido mis prácticas se convirtieron en  transformadoras, en esta ocasión en un sector marginal, temeroso al principio pero pudiente después, donde cree verdaderos lazos, inquebrantables. Donde los niños del CEC tuvieron una voz creadora de su propia realidad…

Ahora mi Yo docente…

 Muestra una maestra jardinera trabajadora de la cultura, este es mi posicionamiento, porque me siento capaz de transmitir, movilizar y ser artista de la cultura. Porque considero que soy capaz de trabajar en otros ámbitos que no sean exclusivos de la escuela como institución formal.
En esta  construcción, significaron y  se implicaron un montón de docentes de las cuales tomé algo de ellos para convertirme en la docente que soy. Encontré orientaciones, estrategias didácticas, posturas docentes, formas de vincularse con los niños etc, que aportaron a esta formación, pero que no la definen sino por el contrario, considero importante su aporte, pero el ser docente implica seguir con una formación, que es continua y no acabada. Que todavía hay caminos por transitar que aun hoy  la educación no ha podido andar, que si bien cuento con un montón de herramientas y recursos, aun queda mucho por recorrer, esto me remite aquella frase:  “caminante no hay camino, sino se hace camino al andar”
Toda práctica implica la formación permanente de parte de los educadores. Y esta formación permanente consiste en analizar de manera crítica y reflexiva cada una de nuestras propias prácticas pedagógicas.
Anteriormente decía que somos personas con necesidades de aprender todo y en cualquier momento de nuestra vida por el hecho de ser sujetos curiosos. Pero el reto que nos tenemos que proponer es que en nuestros alumnos se despierte esa curiosidad por conocer de manera crítica y comenzar andar caminos.

Bibliografía:
·        Criticas para la razón de educar.  (Carlos Callen).

·        NUEVAS PERSPECTIVAS CRITICAS EN EDUCACION. EDUCACION Y PARTICIPACION COMUNITARIA (Paulo Freire)